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Presente y pasado de imperios recientes

 

“Los reportes sobre mi muerte han sido algo exagerados” - Mark Twain.                                                                                                                                 

30 años atrás, por estos días, se producía en Moscú un intento de golpe de estado que, aunque fallido, aceleraría el proceso del derrumbe de la Unión Soviética.

Las vacaciones en Crimea del entonces presidente de la URSS, Mijaíl Gorbachov, habían sido la ocasión elegida por los comunistas golpistas para ejecutar su plan, sin embargo, en sucesos que no fueron nunca explicados satisfactoriamente por los posteriores historiadores, Gorbachov regresó a Moscú a encontrarse con una realidad muy diferente a la que había dejado. Nada sería ya igual y sus planes de conservar la URSS dándole más poder a cada una de las repúblicas, abortarían estruendosamente.

Como resultado, en su última intervención televisiva del 25 de diciembre de 1991, Gorbachov renunciaría a la presidencia de un país que había dejado de existir para darle paso a las quince nuevas repúblicas independientes que, hasta ese día, conformaron oficialmente a la Unión Soviética.

Todos esos eventos han venido a nuestra memoria en estos días, cuando diversos analistas por todo el mundo, reconocen que la retirada de las tropas soviéticas de Afganistán, dirigida por Gorbachov, fue inmensamente más digna y decorosa que la injustificable hecatombe orquestada hoy desde Washington.

Ni la inmensa mayoría de los medios estadounidenses, que hoy se muestran fieles a la actual Casa Blanca, se atreven a dar cifras de cuantos de sus ciudadanos siguen atrapados en el caos afgano. El Presidente, el Secretario de Estado y el Secretario de Defensa se ven a diario obligados a disculparse en términos muy diferentes a los que pronunciaron el día anterior, y lo único que los une es la necesidad de no reconocer ninguna culpabilidad en la tragedia, demostrando la ausencia de un plan milagroso que los salve en Afganistán o en casa. Están expuestos ante dos frentes de gigantesca peligrosidad: Kabul y Washington.

Lo paradójico de estos dos eventos separados por tres décadas, es que tanto en el Kremlin como en la Casa Blanca, quienes representan el poder, terminaron asestándole un golpe de impredecibles consecuencias a sus propios intereses. Y, aunque sea demasiado prematuro el anunciar la caída del Imperio Americano, su imagen si se derrumba, ante todo ante sus socios más cercanos.

Líderes europeos ya se han pronunciado en torno al prepotente concepto de que Estados Unidos sea en realidad el garante global de la seguridad internacional. Los resultados no se harán esperar en lo económico, político y militar. Mientras tanto, los reconocidos por Joe Biden como sus principales enemigos, Rusia y China, parecen haberse sentado cómodamente en sus poltronas a presenciar el espectáculo. Y en casa, los familiares de los caídos en los actos terroristas del 9/11 ya le han advertido a Biden que no lo esperan en los eventos recordatorios de la tragedia que ya cumple 20 años.

El pasado y presente de los imperios recientes, no nos permiten olvidar que a pesar de la vulnerabilidad de sus ejércitos, Estados Unidos y Rusia poseen muy similares, en magnitud y poder destructivo, arsenales nucleares que hasta ahora han defendido el balance que permite cierta coexistencia pacífica para la mayor parte de la humanidad. ¿Qué papel jugarán esos arsenales en esta nueva era? ¡Que Dios nos coja rezados!

Hernando Piñeros.

Periodista y Diplomático.

Fue corresponsal de El Espectador y RCN en Moscú, recientemente Cónsul de Colombia en Rusia y reside actualmente en Estados Unidos.

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